Balance de
la última sesión:
El PRO
logró los votos para que se le autorice seguir endeudando a la ciudad.
El
presupuesto votado refleja más deuda, menos impuestos a grupos empresarios y
más a los vecinos, más plata para su campaña electoral y menos para
mantenimiento de escuelas y hospitales.
El “curro”
de los derechos humanos a que se refirió el jefe de gobierno es una patoteada
marketinera que oculta su apoyo a los represores. ¡Ni un solo peso para el Ente
Público para la Memoria! ¡Se sacaron de encima a todos los lugares físicos que
conservan la memoria del genocidio!
Pero
también es cierto que la sesión hizo fracasar otro intento por reinstalar los
edictos policiales con el cuento de los trapitos, los motochorros y los
limpiavidrios.
Afuera del
recinto transcurría un enorme festival de perseguidos: los centros culturales
como manifestación de una ciudad que sigue buscando dónde encontrarse para
compartir talleres de todas las cosas. Y la ley no se trató, no hubo ley. Todo
sigue igual.
Y
finalmente terminó la sesión en escándalo: un apriete armado por un bloque que
juntaba los votos necesarios y sin embargo dejó al desnudo una interna que
–como con el menemismo- nunca se sabe dónde puede terminar. Ellos mismos
decidieron terminar la sesión sin votarse la concesión de cuarenta hectáreas de
Lugano a un club de golf y el nuevo shopping del terrateniente local.
Y como en
los 90 hay que aprender de los perseguidos, de los más afectados, de los
precarizados y los traicionados. Juntarse, hacer el mayor esfuerzo para juntar
todas las voluntades políticas posibles. Evitar primero que se siga
destruyendo, y hacer los gestos necesarios para construir con toda la
pluralidad posible una alternativa al menemismo moderno.
